11.2.07

Marianela

Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba el de la noche. Iba por angosta vereda, de esas que sobre el césped traza el constante pisar de hombres y brutos, y subía sin cansancio por un cerro en cuyas vertientes se alzaban pintorescos grupos de guindos, hayas y robles. (Ya se ve que estamos en el norte de España).

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9.2.07

Jane Eyre

Aquel día no fue posible salir de paseo. Claro que por la mañana habíamos estado deambulando entre los arbustos desnudos durante una hora; pero después de comer (la señora Reed comía temprano cuando no había visitas), el frío viento invernal trajo consigo unas nubes tan sombrías y una lluvia tan recia, que se disipó toda posibilidad de volver a salir.
Yo me alegré. No me gustaban los paseos largos, sobre todo en aquellas tardes tan frías: el regreso a casa al anochecer me resultaba penoso, siempre con los dedos agarrotados, el corazón entristecido por las reprimendas de Bessie, la niñera, y humillada por la conciencia de mi inferioridad física respecto a Eliza, John y Georgiana Reed.

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